lunes, 6 de febrero de 2017

La Muerte & la Vida

Hace un par de meses,* hubieron cambios en las vidas de personas cercanas a mí. Estos cambios hablaban de transformación y esperanza de modos diametralmente opuestos... en teoría.



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Yo no conocí a Rosita.  Al menos, no a la Rosita que todos conocían. Cuando yo la vi por primera vez, se la veía muy delgada y débil y no me miraba directamente. Yo era muy distinta a las personas de su entorno y a sus familiares. Además de ser más escandalosa (gritona? :S) que las personas que vivían en esa casa nikkei, era más grande y de rostro distinto.  No tuve mayor interacción... hasta cuando ya su mente había volado lejos.  Aunque yo ya era una visitante habitual de su hogar, no coincidíamos.  Unas pocas veces, pasamos a acompañarla a su cuarto, donde tendía a desabrigarse las manos. Yo le insistía que se cubriera, porque hacía frío. Entonces, me miraba, como entendiendo que le hablaba con cariño pero con preocupación por ella.  Me sonreía suave. Era extraño luego saber que con su propia familia el Alzheimer la hacía más bien belicosa. Tal vez conmigo, un rostro desconocido, más podía su origen oriental en ser más dócil.

Pocos meses después, Rosita fue internada... Y ya no volvió a su hogar. Murió dormida, lejos de su hogar, pero acompañada por familia.  Aunque me entristeció, más por las personas que quiero que la querían, me dejó en una situación algo desconocida para mí.  Fui al velorio, y era tratada de cierta forma como la familia cercana (aunque no oficial).  Al día siguiente, fui una de las 6 personas en llevar las flores del ataúd (junto a 4 de sus nietos).  Y por primera vez en mi vida, fui a un entierro.

Cuando mis abuelos paternos fallecieron hace 4 y más de 10 años respectivamente, ambos fueron cremados y hubo un entierro simbólico que duraba unos pocos minutos. En cambio, este entierro de ataúd era algo que nunca había presenciado.  Como no era una parte oficial de la familia, y no había conocido mucho a Rosita, tenía cierta aprehensión en lo que me correspondía hacer. Más que todo, fui el apoyo para aquel que debía ser el apoyo de su madre. Fue un momento importante para nosotros. Con nuestras manos fuertemente tomadas.

Recuerdo de la misa de mes
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Días después, una de mis amigas de colegio cercanas, dio a luz a su segundo hijo.  Era un niño muy esperado, el hermanito menor, ¡al fin!  Como era muy cerca de su casa, fui con el nieto de Rosita.  Él conocía muy poco a la nueva mamá, así que se pasó bastante pegado a mí. La familia de mi amiga, que me conoce desde que era pequeña, fue muy amistosa con él y conmigo.

Un momento especial fue cuando cargué al pequeño (con cierto nerviosismo, como siempre que cargo a un infante) y los ojos del nieto de Rosita se vieron algo más brillantes que los últimos días. Tal vez el pensar en un futuro en que podríamos, algún día, traer nuevas vidas.

La nueva mamá se veía irradiando una  energía fuera de lo común, lista para una nueva aventura con su familia. Ella no podía dejar de sonreír.  Y esa alegría nos contagió. Salimos con las manos fuertemente tomadas.

Con un recién nacido
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Me ha tomado terminar este artículo demasiado tiempo... y por eso es que no he ido actualizando el blog. Esa semana estuve reflexionando acerca de los inicios y los finales y como todo está interconectado. Sin embargo, algo que tuve muy presente fue esa mano, que estaba fuertemente tomada de la mía.

* Cuando empecé el artículo habían pasado unas cuantas semanas, ahora es casi un año :P

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